Fábulas socialistas o sobre correr, trotar y caminar

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Un ejercicio de redistribución, supone de por sí, una mecánica autoritaria donde los habitantes de un país son conminados -de manera coercitiva- a entregarle al Estado, una parte del fruto de su trabajo.

Siendo el contexto Latinoamericano, una de las geografías donde más se ha perseverado en la idea de que un régimen socialista es deseable y posible, es a la vez donde dichos regímenes han fracasado estrepitosamente en todas sus versiones. Un modelo cuyo eje central ha sido desde sus orígenes, la consecución de la igualdad vía redistribución de la riqueza, parece darle razón a uno de sus más odiados adversarios, Milton Friedman, quien planteaba que “una sociedad que antepone la igualdad a la libertad no tendrá ninguna de las dos cosas”.

Así, un ejercicio de redistribución, supone de por sí, una mecánica autoritaria donde los habitantes de un país son conminados -de manera coercitiva- a entregarle al Estado, una parte del fruto de su trabajo. Pese a que se trata de una acción obligada, que de no cumplirse, acarrea sanciones legales, ha sido convenientemente instalado bajo el biensonante precepto del “contrato social”. Un pacto que nadie recuerda haber firmado. Donde una de las partes no puede rescindirlo y la otra, puede cambiar los términos cada vez que así lo decida y sin necesidad de consultar a la contraparte.

Pero ni las experiencias totalitarias y sangrientas de Estados omnipresentes, ni el empobrecimiento que el modelo ha causado en tantos países de la región, a consecuencia de evadir hasta las más lógicas leyes de la economía, han conseguido que este modelo paternal, deje de ser el sueño de antiguas generaciones y de una parte no menor de las nuevas, que se han unido de manera entusiasta a esta “fiesta” de la igualdad.

Esbozando razones

¿Cuáles son las razones de este aún saludable éxito de una doctrina de semilla autoritaria, que parece reproducir un modelo de adultos cuidadores (el Estado) y niños/hijos que piden ser cuidados, alimentados, educados? Intentaré esbozar algunas hipótesis, mezcla de lecturas y de experiencias propias. Considerándome a mí misma como una exadoctrinada en el socialismo.

Creo, en primer lugar, que la existencia del Estado no es más que una versión endulzada de un antiguo impulso. El de organizarles la vida a los otros. Y de paso organizar muy favorablemente la propia billetera. Que actúa bajo el precepto de que cada ciudadano debe entregar a sus instituciones burócratas, una buena parte de la riqueza que genera producto de su trabajo. De la misma manera en que los antiguos señores feudales imponían tributos a quienes trabajan sus tierras.

Dice Friedrich Hayek, en su libro Camino de servidumbre, que el socialismo engloba a la política en general. Es decir, a cualquier grupo de políticos de izquierda y de derecha. Su objetivo principal consiste en hacerse de un cómodo poltrón en alguna sala de la administración de un Estado. Que mediante promesas de mejoras a la población, su fin último será el de obtener las prebendas propias del ejercicio del poder, moviendo los hilos de lo social, lo político y lo económico, a favor de su agenda personal.

Sin embargo, siendo la derecha algo más proclive a dejar funcionar los mercados más o menos libremente -suele entender mejor el funcionamiento del dinero- dejaremos de lado sus conductas “socialistas”. Para concentrarnos en la mecánica que, desde mi perspectiva personal, se ha mostrado a largo plazo como la más nociva. En especial, para quienes, sin ser parte de su estructura de poder, se han visto cautivados por sus promesas.

Una de las primeras razones por las que la izquierda política despierta tantas pasiones, diría que es su capacidad de convocar memorias emocionales. En poblaciones que han tenido experiencias difíciles, de diferente naturaleza, siendo la pobreza, quizás, una de las más complejas.

Desde mi perspectiva, toda experiencia compleja puede ser abordada de dos maneras: la primera, consiste en tomar conciencia de lo que toca vivir. De cómo esto afecta nuestras conductas. Una experiencia que en última instancia hunde sus raíces, en razones más bien metafísicas. Porque nadie ha escogido si nacer pobre o nacer en la abundancia. En una familia amorosa o en una disfuncional. Esa primera forma de abordar consiste en comprender de manera temprana, o bien a lo largo del camino, que muchas de nuestras circunstancias son producto de entrenamientos incorrectos. De patrones que una vez aprendidos, repetimos con toda naturalidad, aunque nos lleven al abismo.

En cuanto al entrenamiento de la pobreza, a través de toda mi vida he podido observar, cómo individuos provenientes de los mismos entornos, escogían disímiles respuestas a dicha vivencia. Donde unos alcanzaban su personal prosperidad, otros permanecían atrapados en los mismos parámetros de la escasez. Entre esos atrapados, no pocos elegían construir el relato de la responsabilidad ajena.

Hecha la ley, hecha la trampa

Y en este contexto, la trampa de la izquierda, suele estar preparada para este último grupo, es decir, para quienes en lugar de tomar conciencia de su poder y valor personal, escogen culpar de sus males a los otros. O bien, aceptan uno de los caminos más sencillos para responder a la dificultad: el adoctrinamiento. Ese mar tibio hecho de cuentos de hadas, donde los dolidos se convierten en protagonistas de una revolución que terminará en rescate. Que un grupo de héroes, más grandes que ellos mismos, suplirán todas sus necesidades, del mismo modo en que se alimenta o se viste a un recién nacido.

Y para que un rescate sea posible, es imprescindible que existan enemigos visibles. Alguien a quien culpar. Un chivo expiatorio que sea capaz de exorcizar en colectivo la sensación de no poder avanzar. Y qué mejor enemigo, que la contraparte, es decir, quienes sí consiguieron sacudirse de la pobreza. Si esa contraparte lo logró además de una manera que destaca del resto (los ricos, los empresarios, los exitosos) más conveniente resultará para poder articular la ficción del “robado”. Las personas demasiado prósperas no lo son en cuanto sus habilidades y competencias son también abundantes. Lo son en cuanto explotan, usurpan, engañan. Todos ellos. Un relato que olvida tendenciosamente, que cualquier virtud moral o la falta de ella, no se reparte por clases –ni por sexo, ni por grupos que funcionan en bloques- sino de manera caótica y diversa (he ahí la verdadera diversidad).

Y el itinerario de la izquierda política calza perfecto en esa ideación. No es casualidad, que a su vez todo izquierdista se ha formado primero en la idea de que el dinero es algo nefasto. Por lo tanto, quienes lo poseen lo son también por extensión. Suelen también ser personas que, por otra parte, no lo saben generar. (¿Y cómo se podría generar algo que se odia?).

Sin embargo, eso no los exime de reconocer su importancia fundamental. Decía el expresidente José Mujica, uno de los fetiches preferidos de la izquierda, al hablar de los empresarios: “Yo no tengo ni capacidad, ni fuerza, para poderlo resolver […] Que trabaje el capitalismo, él va a hacer plata, que yo le tengo que cobrar impuestos para repartir”.

Pero si lo generan, sienten culpa de poseerlo. No se sienten inspirados en compartir con otros las fórmulas de la prosperidad. O de levantar por cuenta propia y sin intermediarios, a los que todavía no. Ahora sienten que es su deber la lucha por la igualdad. Y que esa igualdad, solo la puede proporcionar un Estado fuerte y centralizado. (Me comentaba un asistente a las marchas chilenas, cómo el progresismo avanzaba por las calles, fabricando las selfies de su causa, mientras los mendigos los rodeaban sin conseguir nada más que una solidaria consigna).

Socialismo y capitalismo

Y la historia que sigue a la fábula en Latinoamérica es un “loop”. Una vuelta en círculo de países pobres que cuando se han abierto al capitalismo han logrado prosperar. Porque capitalismo no es un señor gordo que fuma puros y azota esclavos. Es la capacidad de disciplina, de ahorro y de atención al entorno. Es la capacidad de aprender, de corregirse, de caerse y de volverse a parar, no importa cuántas veces. Sea para regentar un puesto de comida callejera o un negocio “retail transnacional”.

El capitalismo habita en la intuición de que nadie podrá hacer las cosas por nosotros, mejor que nosotros. Y que los mundos mejores se construyen de la misma manera: no se fuerzan, no se obligan, no son el resultado de una falsa moral coercitiva. Sino que se impulsan desde iniciativas individuales que se encuentran, ya no en colectivos, sino en grupos con rostros bien definidos. Entre grupos de personas que actúan libremente como motores evolutivos.

Pero donde naturalmente algunos corren, otros trotan y otros caminan. Porque la naturaleza humana se trata precisamente de la diferencia. Y en esa naturaleza disímil que nos define, algunos siguen orgullosos el curso de su avance, sin reparar demasiado en la velocidad. Sin embargo, a otros parece definirlos más bien la profunda molestia de que unos corran, mientras ellos mismos trotan o caminan. Es aquí, precisamente, donde el reclutamiento comienza. Los espíritus furiosos, convocarán a otros igualmente furiosos, para cumplir con el cometido final: si no corremos todos, entonces que no corra ninguno.

El capitalismo, no es un sistema perfecto, porque los humanos no somos un sistema perfecto. Venimos con luces y con sombra. Nos autocorregimos en el tiempo, nos organizamos, formamos alianzas con desiguales resultados. Muchas veces destruimos en el afán de construir, pero luego volvemos a edificar.

Pero pretender que ese mismo amasijo de ángel y demonio con pretensiones de pureza moral, llamado socialismo, sea la guía de nuestros inquietos espíritus en tránsito, es dejar nuestro destino en manos de un impostado Olimpo. Porque los dioses hemos sido siempre nosotros. Y cada quien tiene el derecho de forjar libremente su propia mitología.

Imagen de wal_172619

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Sarasvati

Sarasvati

Cuando muera espero ir al cielo –sea lo que sea– y quiero ser capaz de pagar el precio de admisión. Ayn Rand

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